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Con sus defectos y sus virtudes, FIL Guadalajara 2010

En Contexto/Magazine

Por Diego Ramos.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara cumplió con su vigésimo cuarta edición, todo un logro en uno de los países con el menor índice de lectura por habitante al año. Con sus virtudes y sus defectos, como lo dictaría cualquier canción ranchera, la FIL es un referente cultural en Guadalajara, México y el mundo.

En esta ocasión, con Castilla y León como región invitada, la feria gozó de la asistencia de cientos de personajes entre los que figuraban escritores, músicos y artistas provenientes de la cuna del español. Nada más que 60 millones de pesos invertidos, 500 autores y más de 600 mil visitantes, hacen de esta feria una de las más grandes del mundo.

Como siempre, es difícil digerir un éxito como tal: los matices, las críticas y los puntos débiles se hacen eco entre medios, detractores y asistentes. Desde los exorbitantes precios de los libros “de moda” hasta ese carácter más bien masivo que a tantos molesta denota cierto recelo, si bien lo importante de todo esto es ese extra que nos ofrece la celebración literaria: el acercamiento a la cultura. No cabe duda que existen diferentes ferias, distintas visiones de lo que sucedió en la Expo Guadalajara este 2010.

Los números no mienten: 33 millones de dólares se embolsaron las casi dos mil editoriales provenientes de 43 diferentes países. Sí, todo un éxito, que además beneficia a la economía local.

Más allá de las críticas, queda un buen sabor de boca: desde los buenos espectáculos musicales -excelsos los Arizona Baby, Gerardo Enciso y los Celtas Cortos- hasta aquellos pequeños placeres personales que uno va encontrando en sus diversas visitas. No todo en la FIL fue caro, este humilde reportero fue capaz de comprar siete libros con 250 pesos, un reto y una delicia haber encontrado una antología de cuentos mexicanos de autores contemporáneos; más cuentos, escritos por autores del Politécnico Nacional; libros de Martín Luis Guzmán y John Reed a precios excepcionales e incluso un poemario japonés en tan sólo 10 pesos, cortesía del Colegio de la Frontera Norte.

Fue una FIL con ausentes, aquellos que nos dejaron hace poco como Carlos Monsivais y José Saramago, quienes se llevaron los homenajes -y las ventas-. Los que perduran y persisten que -como buenos rock stars de la literatura-., firmaban libros con soltura, mientras los fanáticos que no sabían siquiera como eran físicamente, los perseguían por los pasillos; “es un famoso” dictaba la sabiduría popular. A la par, los novatos lucían sonrientes y orgullosos. Para todos, la FIL significa algo, un mundo distinto que se revela ante cada individuo.

Al margen de los libros, existieron buenos encuentros y charlas con intelectuales, escritores, periodistas y académicos; acercamientos, debates y pláticas, algo difícil de conseguir y muy enriquecedor para nuestra apaleada sociedad.

No se trata de encontrar algo más allá de un evento cultura que sí,  y aunque muchos critiquen, genera dinero -así es esto, así es la vida, los escritores también cobramos- pero que acerca -a quienes buscan- letras e ideas en aquellos que se han esforzado por contar algo. La cultura nunca estará de más, y menos en una sociedad mexicana que la necesita preponderantemente para subsistir en su difícil realidad.

El próximo año vendrá Alemania, el primer invitado que no tiene una lengua romance, a ver con qué nos sorprenden esta vez,  sobre todo en la parte musical.

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