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Black Swan, el arte hasta sus últimas consecuencias

En Cineurótica/Contexto

Por Diego Ramos.

La película dirigida por el neoyorquino Darren Aronofsky (Requiem por un Sueño, El Luchador) tiene todo para convertirse en su obra maestra.

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Este filme narra la historia de Nina, una joven bailarina de ballet que se verá absorbida por el personaje principal de “El Lago de los Cisnes”, obra rusa escrita por Piotr Ilich Tchaikovski en la segunda mitad del siglo XIX.

Nina, interpretada por una madura –actoralmente hablando- Natalie Portman, nos remite a la esencia del arte; el arte hasta sus últimas consecuencias.

La dualidad del ser humano, atestada de elementos freudianos, apasionada, transgresora, sexual, inquietante y con un ritmo que fluye a la par de su hermosa banda sonora, Black Swan (El Cisne Negro) deja entrever la condición humana, desnudando al máximo a sus personajes.

La actuación de Portman es notable; estudiada, precisa y con soltura es capaz de llevar a su personaje al límite, tal y como lo dicta la historia. Por otra parte, Vicent Cassel, quien funge como Thomas Leroy, el director de “El Cisne Negro” versión modernista de la obra, acerca fielmente al espectador a una visión dura y sombría del show bisnes del ballet.

Cisne

En la búsqueda de su lado oscuro, Nina sufrirá un recorrido introspectivo que la llevará a una catarsis artística, una transformación. La fragilidad y la supervivencia como hilos conductores dejan plasmada una horda de sentimientos que atacan sin compasión al espectador.

Black Swan es una película sensorial, es una de esas joyas que de vez en cuando Hollywood es capaz de producir; una película fuera de contexto y de tiempo; una producción donde Aronofsky busca nuevamente esa decadencia recurrente en él, aquel vacío en el que todos somos capaces de caer; personajes autodestructivos, impulsivos, con cierto grado de obsesa locura.

Mila Kunis (Lily) en un papel de chica rebelde, así como Winona Ryder como Beth Macintyre la gran bailarina destronada, serán el mejor apoyo para Portman, impulsándola hasta el desborde de su personaje y el guión. Aunque claro, la película escrita por Mark Heyman, Andres Heinz  y John J. McLaughlin bien vale la pena por una escena sexual entre Kunis y Portman, que le da ese plus morboso.

La banda sonora compuesta por Clint Mansell, músico británico creador de la música de otra película de Aronofsky: “Réquiem por un Sueño”, es otro punto fuerte de este filme, y es que este interesante score camina por veredas llenas de sinfonías magnánimas.  El discurso teatral de la música orquestal se adereza con una intensa bipolaridad: el caos y un fuerte carácter dramático con guiños al ambient más nostálgico.

La película, sin duda, es la obra maestra de un joven director que  llega a la cima de su carrera, con un cine transgresor, comercial y culto a la vez.

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