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Two Door Cinema Club en México: Los chicos, siempre serán chicos

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Por El Dese.

El domingo pasado tuve la grata oportunidad de presenciar en vivo a una banda que si bien no está reinventando el hilo negro, sí le da unas vueltas interesantes: Two Door Cinema Club. Y digo “vueltas” porque en realidad a 8 años de estar escuchando dance rock, pocas bandas pueden mascar lo que ya se hizo y regurgitar sobre nuestros oídos algo realmente nuevo. Y ellos si bien se han subido a la camioneta de este pseudo-movimiento (que es más una moda que ha permeado hasta los confines del pop comercial en español), saben llevarla por rumbos interesantes.

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El Lunario de la Ciudad de México guardó en sus entrañas a esta banda por más o menos 2 horas, y lo que me llamó la atención fue tanto la hora de comienzo como la logística del concierto (19 horas decía el boleto, y sí, había filtro para poder tomar – no, ¡no me pidieron mi IFE!). Y todo atendía al hecho de que un buen porcentaje de la gente era menor de edad. Entonces entendí de qué se trataba todo: ¡El concierto estaba dirigido a chamacos a quienes hoy por desgracia (o fortuna, pasé el cuarto de siglo) les doblo la edad! Pero bueno, fuera prejuicios sobre dicha tardeada, traté de disfrutar del performance de estos chamacos (también huelen a MP aun) y pues… no dejan de ser una banda más o menos dentro del promedio, aunque con vértices muy buenos.

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No tienen que buscar una letra muy profunda, pero tampoco rayan en canciones que derritan a tu hermanita de 12 años, entregando un mensaje fácil o muy quemado. Ellos cuidan muy bien esa parte y de manera subconsciente. Y claro, tocan sus instrumentos sin dificultad. Parte sospechosa: su mejor rola, a mi gusto, fue la más acogida por el público ¿Sería el sencillo?

Alex Trimble, con la chapa marcada en sus mejillas, se nota sincero en el escenario, y llega muy bien a los picos de voz, fue entonado, pero tampoco es un vocalista que deja todo en el escenario. Los demás hacen lo que todos los chicos: se divierten, y creo que fue de lo que se trataba ese día, ir a brincotear sin mayor complicación y escuchar sus incipientes experiencias.

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Son de destacarse las figuras no menos interesantes de Sam Halliday, quien en algunas ocasiones dejó a más de dos con el oído zumbando, pero culpemos al ingeniero de sonido, pues realmente dejó que desear en ese aspecto, raro que suceda en el Lunario (he ido a conciertos más ruidosos y no saturan ni afectan la audición de los asistentes). También faltó algo de punch en el bajo de Kevin Baird, quien realmente me hizo retumbar y sentir un poco de crisis nerviosa cuando tocaron hace unos meses en el Corona Fest. ¿Dónde quedó el bajo?

Sí, movimos el pie. Sí, están chavitos. Se divirtieron como enanos. No son una banda introspectiva, pero no cayeron en clichés de rockstars (sacar bandera de México, decir que era una noche muy especial, cumpleaños de alguno de ellos, en fin.) Pero no podemos culpar a los muchachos por venirse a divertir de nuevo a México pues, ya lo dice mi título, los chicos siempre serán chicos.

Quien cuente en menos de 5 segundos cuántas veces puse “chicos” en la reseña, se lleva una playera “Rimbros” agujereada y sucia.

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