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Ya ni, ni ni…

En Contexto/Magazine

Por Vera Milarka.

nomassangre

Gracias a la policía “montada”, montada pero en su macho, como son los vigilantes del estacionamiento del Centro Cultural del Bosque, especie de “cadeneros de discoteca” que no me permitieron entrar para asistir a la función de Hitler en el corazón escrita y dirigida por Noé Morales, en el Teatro El Galeón, esta colaboración se la dedico a Javier Sicilia y a los deudos de las casi 40 mil víctimas de esta guerra bajo la consigna de: ¡Ni uno más!

Pues bien, tras el encuentro cercano del tercer tope, allí en la caseta, estos individuos que no entienden de razones, y menos ahora que cualquiera que trae uniforme se siente con el “estatus” de maltratarte a sus anchas, decidieron que mi nombre, que nos les suena sino a trabalenguas, no era de nadie dedicada a la prensa, ellos me exigen “la charola”. “¿Charola?”-les contesto yo-, “pero si no soy mesera, ni judas, ni policía de caminos… para entonces, ellos, ni me ven, ni me oyen…

Para mí, la violencia en Cuernavaca comenzó en 2008 cuando iba a pagar 15 mil pesos como enganche de mi camioneta, a un lote de autos situado en Río Mayo y Teopanzolco. Era sábado al mediodía, mientras le daba el dinero al vendedor y éste me extendía el pagaré, entraron dos sujetos con arma en mano y con todo lujo de violencia nos ordenaron tirarnos al piso, sus ojos inyectados de ira, y tal vez coca, les hacía ver dispuestos a todo.

Tras el incidente y de habernos cateado y robado; pálidos y temblorosos, nosotros, con los ojos también inyectados, pero de lágrimas, buscamos ayuda, pero ni un policía, ni una patrulla, ni un alma… Luego vino el vía crucis de levantar el acta…

Después de aquella experiencia que me dejó “tocada”; hace 6 meses, cuando me intentaron robar en Guadalajara en pleno domingo a las 13:00 horas en 16 de septiembre, sin arma pero con violencia; me regresó la paranoia, el temor, pero ya más bien… la rabia, y eso fue lo que impidió que al menos ese robo fuera consumado.

En Cuernavaca, tras el abatimiento de Beltrán Leyva, se levantó una alcantarilla de atrocidades con las que vivimos cotidianamente: tiraderos de muertos en Subida a Chalma, robos a casa habitación, descuartizados, colgados en los puentes de la carretera y secuestros en Jiutepec y Temixco; asaltos a automovilistas y transeúntes en el Centro, levantones, asesinatos entre criminales y contra policías en cualquier municipio; pero el horror mayor de esta guerra sin cuartel: son los asesinatos despiadados de civiles inocentes en ésta y cualquier ciudad de México.

El crimen reciente de Juan Francisco Sicilia Ortega (Juanelo), hijo del poeta y periodista Javier Sicilia, junto con otras seis personas, nos ha consternado no sólo a la comunidad cultural y artística del estado de Morelos sino a toda la sociedad mexicana, y ha prendido mecha a nivel nacional por la indignación general de todos los que habitamos este país convertido ahora en matadero.

La muerte de la activista social y poeta, Susana Chávez, quién lanzó la frase: “Ni una más”, que exigía justicia para las asesinadas de Ciudad Juárez, hoy nos retumba en la cabeza al convertirse en “otra más”. No es creíble que las activistas en México “se suiciden” o “se vayan de parranda con sus propios criminales”. Ya ni, ni… ni la chingan, de veras.

Todo México es territorio del narco, y a diferencia de una guerra donde existen reglas y un campo de batalla, nosotros estamos en un campo minado, donde no sabemos si el fuego cruzado está entre las mesas de un bar, junto a un jardín de niños, en un centro de salud, una fiesta de 15 años o tras la puerta de nuestra propia casa.

Queremos un gobierno que vele por la ciudadanía y no que nos use como carne de cañón en esta guerra a la que le entró como el Borras. Nuestro Presidente (o debemos llamarle ¿presunto?) si no repliega para atacar cuando esté seguro de que sofocar a 30 capos no justifica 40 mil muertos civiles, quedará marcado de por vida como el principal responsable del mayor derramamiento de sangre de la historia mexicana contemporánea.

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