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Crónica Santanera

En Magazine/Sonidos

Por Liz Esparza y Óscar Álvarez.

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Dice una sabía canción de la Sonora Santanera: “Se ha corrido la noticia que el mundo se nos acaba. Como no ha pasado nada, lo vamos a festejar”. Así, el pasado sábado 21 de mayo, en la expectativa de un Armagedón que no llegó, decidimos asistir a un gran baile. Nuestro compromiso periodístico era elaborar una crónica de tan singular evento; nuestra intensión, pasarla bien y probar cosas nuevas, como lo hemos hecho antes desde que estos dos incipientes conductores se encontraron en el camino.

Cada quien por su cuenta, arribó a la cita. Queríamos conocer, ver de cerca, a los hombres que han fabricado las notas musicales más populares que hemos escuchado y que, durante tantos años, han prevalecido en el gusto de la gente, “La Única Internacional Sonora Santanera”.

Al ingreso del lugar, en punto de las 16 horas, cientos de cabecitas blancas y otras con los colores bien firmes caminaban para recordar algunos pasajes de su historia con el soundtrack de su vida. Los jóvenes éramos pocos, contando aún a los miembros del staff. “Esta muy mal organizado. No hay lugar dónde sentarse” era el reclamo de una mujer que, molesta, se dirigía a quienes encontró por el camino. En un baile ¿Dónde sentarse? Hasta ese momento comenzamos a pensar que el evento sería muy singular.

“La Fiesta de la Vida” patrocinada oficialmente por Corega, un adhesivo dental, se celebró en la Calle 2, en Zapopan. El calor no daba tregua, mientras el ingreso al gran baile se daba en orden y con rapidez; ya en el interior se podían observar a varias parejas, en su mayoría, adultos mayores, disfrutando de la magnífica orquesta de los Hermanos Siordia y así, entre danzones, cumbias y salsas, los invitados a esta celebración calentaban las piernas y practicaban sus mejores pasos en espera del estelar de la tarde.

Zapatos altos, vestidos de gala o ataviados como el eterno Pachuco se pavoneaban por la inmensa pista, que parecía pequeña ante la gracia de los maestros del baile y de la vida. Y como no emocionarse y celebrar al ritmo de la música observando la elegancia y maestría de tantas parejas, que más que estar en el ocaso de su vida, dejaban ver el esplendor de su existencia. La sonrisa en los rostros, la coordinación perfecta, fruto de compartir tantas veces la pista de baile.

Y entonces sucedió: el maestro de ceremonias anunció con retórica voz la presentación de “La Única Internacional Sonora Santanera”. Las parejas se acercaron más al escenario y con las primeras notas de “La boa” renovaron fuerzas y la energía se desbordó por todo el salón. La impecable voz y domino de los músicos de tan legendaria agrupación logró que hasta los que se consideran malos bailarines, no dejaran una sola melodía sin movimiento.

Siguieron éxitos como “Los aretes de la luna”, “El mudo”, “Luces de Nueva York”, “Perfume de gardenias”, “Musita”. “¿Dónde estás Yolanda?” y “Bomboro quiñá, quiñá”, entre muchas más. El ánimo no decaía, más aún, contagiaba ¿Cómo podíamos cansarnos con semejantes ejemplos?

Se realizó un pequeño intermedio. Todo el mundo acudía a refrescarse en los módulos adecuados para la repartición de bebidas. El calor era implacable. Durante la pausa, solicitamos algunas fotografías con los bailares veteranos. A una de ellas, en especial, le extendimos nuestro reconocimiento por la perfección al marcar sus pasos, la gracia de su baile, la transmisión de su cadencia y lo más grande, su pasión por la vida, de la que todos los asistentes pudimos darnos cuenta sin tapujos. Ella, con una sonrisa, contestó a nuestro cumplido: “Y a mis 72 años”. ¡Maravillosa mujer!”.

Cierto es lo que gentilmente nos comentaron don Antonio Méndez y don Arturo Ortiz, los miembros más longevos dentro del grupo, durante una entrevista que sostuvimos: la música de la Sonora Santanera es cien por ciento bailable y es generacional. Pasa, quizás, de manera inconsciente de abuelos a padres y de padres a hijos. Son 56 años de la agrupación y con mucho éxito. Ahora, nosotros, somos testigos y podemos confírmalo.

La experiencia nos dejó grandes satisfacciones y moralejas casi religiosas: no todo en la vida son los conciertos, no debemos subestimar los bailes diurnos; los jóvenes no tenemos la exclusividad del buen ambiente; hay que bailar, bailar mucho para conservarse joven; la felicidad no tiene edades; hay que experimentar, siempre, cosas nuevas; las verdaderas estrellas son accesibles y, finalmente, debemos acercarnos a los adultos mayores, tienen mucho que enseñarnos, sobre todo, pasos de baile.

Eso es disfrutar la vida, celébrala. La edad es un estado mental y el sábado 21 de mayo al ritmo de la Santanera fuimos testigos de ello. ¡Viva la vida!

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