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Los cuadros sonoros de Torreblanca

En Contexto

Por Diego Ramos.

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No fue capricho. Definitivamente escogí ir al concierto de Torreblanca porque es una de las propuestas independientes más sólidas de la música actual en México; fresca, bien cimentada y sin temor a equivocarme, de lo más novedoso entre todas la oferta de presentaciones del viernes 17 de la Feria Internacional de la Música en la ciudad de Guadalajara.

No me equivoqué.

La noche venía cargada de la energía de Camper, quienes tocaron previamente y habían dejado al público a tono para el siguiente concierto. El foro se comenzó a llenar; el calor hacía que las cervezas duraran la mitad de tiempo; la Feria Internacional de la Música dejó claras sus reglas y por ahí llegaron Joselo y Quique Rangel, Emmanuel del Real, Liber Teran, Rulo de Reactor y una buena multitud de invitados. Sonrío perversamente, estoy entusiasmado.

La agrupación conformada por Juan Manuel Torreblanca en la voz y piano, Andrea Balency en el acordeón y coros, Alejandro Balderas en los saxos y flauta transversal, Carlos Zabala “El Abuelo” en el bajo y Jerson Vázquez en la batería cuenta con dos EPs, el primero es un disco homónimo y el segundo es un disco llamado “Defensa” grabado en el estudio de León Polar en 2010 y que cuenta con cuatro temas. Actualmente se encuentran próximos a sacar un LP producido por Quique Rangel de Café Tacuba.

El estilo de Torreblanca es bastante característico. Si bien circula dentro de rolas ligeras más bien pop, su trasfondo es maravilloso; los arreglos de acordeón y vientos están cuidadosamente pensados y le dan el justo contrapeso al piano y voz de Juan Manuel, el cual ofrece notas llenas de locura y nerviosismo: lapsus de histeria sensitiva.

Torreblanca podría caber dentro de un cuadro de Van Gohg, va al grano con líneas esquizoides, punzantes, con mucho brillo y letras que profundizan en el ser humano. Algunas veces parecieran recorrer caminos entre el rock, el jazz y el folk; otras, dejan entrever una atmósfera cargada, oscura y pastosa que alude a un sonido más oscuro e intenso.

Por un momento, en unas precisas notas que se cruzaron entre mi cerveza, la libreta donde comenzaba a escribir estas líneas y las miradas al escote de una risueña chica, descubrí que sonaban un poco a Morphine -¿alguien más lo notó?-. Canciones como “Defensa”, “Parece Navidad” y “Lobo” lograron recrear un ambiente apasionado, vivo emocionalmente, y que dejan claro su estilo, mientras que rolas como “Nunca acabo lo que empiezo” y “Largo” rompen con los esquemas convencionales para ofrecer sonidos más profundos y experimentales.

La delicadeza de Andrea Balency al sonreír y tocar el acordeón repunta en un escenario que se ilumina: ella es la cordura de la banda. Sus compañeros lo saben. Juan Manuel Torreblanca lo utiliza para darle vuelo al momento, se pierde entre notas de piano. Su voz tiene presencia y la utiliza.

La base del bajo y la batería se confabulan para jugar con los saxofones que no dejan de pasear entre las melodías juguetonas del piano y la voz; Andrea hace unos coros dulces, su acordeón va y viene. Las letras hablan de lo cotidiano, de la vida.

Las estructuras repetitivas de sus melodías se incrustan en el subconsciente para romperse repentinamente con alguno de sus múltiples recursos, y es que al verlos en directo uno piensa en la inmensidad de formas que adopta esta joven agrupación, que seguramente dejó boquiabierto a más de uno, entre quienes me incluyo.

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