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Pussy Riot: un asunto de géneros

En Contexto/Magazine/Sonidos

Por: Hugokoatl Galván (@AtonalAtono).

When she talks, the revolution coming.
In her hips, there’s revolution.
When she talks,
I hear the revolution.
In her kiss, I taste the revolution.
-Rebel Girl: Bikini Kill

La discusión sobre la banda Pussy Riot en muchos medios especializados en música no ha rebasado la frontera del género, género en sus diferentes significados. El primero: son mujeres. En revistas, radio, periódicos, en fin, en todos lados le ponen mucha atención a que las condenadas son mujeres y a que las integrantes del grupo son féminas. El segundo: punk. Cuando hay alguien que se atreve a dar un pasito adelante se olvida del tema femenino y aborda el acontecimiento desde la historia y filosofía del punk.

Lo lamentable es que hasta ahí llegan las opiniones disfrazadas de “análisis”. Los autores de los textos del tema Pussy Riot aprovechan este acontecimiento para pavonearse de sus conocimientos sobre el punk, el riot grrrl, las guerrilla girls y el papel de la mujer en el rock o el punk. La crítica musical al respecto no está miope, está ciega. Está sorprendida por lo más banal del hecho y, en general, no ha escarbado un poco. Mejores análisis han hecho internacionalistas, sociólogos y politólogos que aquellos que supuestamente conocen la relación entre música y sociedad.

Olvidémonos un momento de que Nadezhda Tolokonnikova, Yakaterina Samutsevich y Maria Alyokhina tienen vagina y senos. Dejemos de lado el estilo de música que hacen. El resultado es un tema muy espinoso: un grupo de personas que protesta contra el presidente en un templo religioso y por ello son encarceladas. Hagamos un símil. Es como si las Black Violettes irrumpieran en el altar de la catedral y se echaran unas rolas contra Felipe Calderón, posteriormente la PGR las arrestara y las condenaran a dos años de cárcel.

Aquí hablamos de nula libertad de expresión. También de un gobierno autoritario, represor. Lo grave es que las pussies no mataron a nadie, ni siquiera robaron o rayaron algo del templo. Su gran delito-pecado fue pisar un área sacra e interpretar música apóstata, la cual, por cierto, tenía dedicatoria a su presidente: Vladimir Putin. Ello, según el fallo del tribunal que las enjuició, es suficiente para considerarlo vandalismo y odio religioso.

El Putin ha echado mano en sus tres periodos de gobierno de lo más clásico del abuso del poder. Quita las piedras que le estorban, no sólo músicos, también periodistas. En 2006, “alguien” asesinó a Ana Politkóvskaya, una reportera que no le caía nada bien al Putin y a la que, por cierto, se le atravesaron unos plomazos justo en el día del cumpleaños del presidente. Si a esas nos vamos, a las Pussy Riot les fue de lujo, conservan la vida cuando hay otros tantos rusos que han muerto por levantar la voz ante un estilo de gobernante que Rusia no veía desde los tiempos disquecomunistas de la URSS.

Las Pussy Riot no son las únicas que están levantando el puño (“No pasarán” dice la playera de Tolokonnikova en las fotos), ni siquiera ha de ser un movimiento sólo de un género (humano o musical). Rusia está hundida en la podredumbre en materia de derechos humanos y ello está catalizando una efervescencia artística impresionante. Se pueden nombrar los dos grupos artístico-desobedientes más conocidos fuera de Rusia: PG y Voina.

El primero es mucho más artístico que el segundo, el segundo es mucho más desobediente que el primero. Ambos exponen con sus obras o acciones el autoritarismo del gobierno. En su ala musical, ambos han echado mano del punk para expresarse. Tolokonnikova, la de las Pussy Riot, forma parte del colectivo Voina. Antes de su encarcelamiento, su participación más destacada fue en la orgía Fuck for the heir Puppy Bear previa a las elecciones presidenciales de 2008 y realizada cuando ella rondaba los 9 meses de embarazo (por ahí anda el vídeo).

A gran parte de Occidente (si no es que todo) nos son muy lejanas las escenas musicales de Rusia. Sólo en momentos como este nos enteramos de un poco de lo que ahí sucede. Fuera de Regina Spektor, es difícil nombrar alguna otra banda o solista de aquel país; de hecho, la mencionada se naturalizó estadounidense y su carrera la ha hecho de este lado de la Tierra. Pero esa falta de atención hacia aquel lado del mundo no es pretexto para que periodistas musicales se queden en el lado más superficial de un hecho como el de Pussy Riot. Es gracias a esa flojera que en todo el globo el periodismo y análisis musical son vistos como algo vacío y carente de valor intelectual, como algo que sólo sabe hacer listas de popularidad, promoción (payola), semblanzas y analogías, justo como lo han hecho muchos medios musicales internacionales al limitarse a relacionar a Pussy Riot con Bikini Kill o Patti Smith.

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