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Brutalmente contagioso

En Magazine/Sonidos

Por Javier Carrillo (@GoofyPinche).

Con una invitación abierta al caos se recibió el año cortesía de uno de los escuadrones más letales procedentes de la tierra de Rembrandt y los zapatos de madera. Ravenous plague tiene a manera de preludio una corta composición de Jo Blankenburg, artífice de la música en cintas como X-Men y Hitchcock, y esa cualidad cinematográfica se transporta a “The apocalyptic surge”: planta en la mente las recurrentes primeras escenas en donde se ve un freeway con infinidad de autos varados y un horizonte de rascacielos despidiendo humo. Una inquietante desolación que, conforme se atraviesa, abre súbitamente las compuertas al frenesí de la hecatombe, un territorio salvaje en donde todo ocurre de manera vertiginosa, la muerte arrasa las calles y el terror palpita en cada centímetro cuadrado y eso es lo que se encuentra a partir del intro en el recién soltado álbum de Legion of the Damned (LOTD): una tenebrosa expedición entre la carnicería, liderada por el implacable azote de un oscurecido thrash salpicado con death.

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Metal facturado a punta de colmillos retorcidos, estos holandeses, a diferencia de muchos otros no tan veteranos en el revival en el género (como Evile), retruenan con la potencia de antaño pero sin sonar caducos. Bien aprendido el sistema desde su época como la seminal banda Occult (1992-2005), a la postre esto queda para LOTD como una marca ambivalente, pues si bien es un resultado digno como para desmarcarlos de las nuevas generaciones, a la vez hace que en ocasiones se sientan casi copias al carbón de bandas insignes en los anales del metal. No obstante, la patentada calidad sincronizada al soltar sus jaurías de mastines enyerbados salva la empresa. “Black baron”, “Mountain wolves under a crescent moon”, “Doom priest”, “Summon all hate” y “Bury me in a nameless grave” son prueba irrefutables de su poderío, de una musculatura potenciada por los esteroides que son las influencias de los maestros en sus mejores años (de Slayer a Kreator, por ejemplo), y que seguramente complacerán a las melenas adictas a sacudir el aire con los arrebatos del headbanging.

El fragor de la bestialidad es en donde LOTD se siente amo de su territorio, no le interesa encontrar nuevas formas para un estilo forjado al rojo vivo. Justamente por eso no defraudará a quien busque una entrega brutal de principio a fin, y empatados en esencia, el contenido sónico se refleja en la ferozmente bella portada del gringo Wes Benscoter, artista asociado con el áspero género porque ha puesto sus creativas imágenes en carátulas para bandas como las mencionadas Slayer y Kreator, además de Vader, entre muchas otras. Así pues, el daño de esta plaga se mueve con la rapidez de sus intrincados y rocambolescos riffs, en un salvaje compendio de marrazos melódicos y técnicos que demuelen sin tregua, en donde incluso en sus partes más lentas inyectan la sensación de un pelotón de panzers despedazando todo a su paso. Es un catálogo del horror sombrío a la velocidad del virulento contagio que consume toda forma de vida entre los grises laberintos de concreto.

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