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Más efraineshuertas para México

En Contexto/Magazine

Por: Roberto Ramírez.

Desciendo del camión junto a una gran cantidad de personas que también se dirigen a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Pensaba que por ser martes la feria estaría casi desierta, pero al entrar me doy cuenta que no. Al cruzar la sala de prensa y girar la vista hacia el área de eventos me topo con un salón, el 5, para ser exactos, enarbolado con la frase “cupo lleno”. Me pregunto quién será, me acerco y leo: “Andrés Oppenheimer”.

Afuera del salón donde se presenta el periodista argentino hay personas esperando un lugar, esperando sustituir a una de las 250 personas que tienen la fortuna de mirar sus labios moverse, deseando que alguien se aburra de las palabras de esa eminencia de la Patagonia. La popularidad de Oppenheimer obliga a los organizadores a transmitirlo en el lobby del área de eventos, y así todos tenemos la fortuna de escuchar sus concejos para convertirnos en una nación de primer mundo. Y mientras pasa todo esto yo sólo pienso: “que se joda quien guste de Oppenheimer”.

Efraín Huerta

Pero es Andrés Oppenheimer y la gente quiere ser exitosa como él, porque además tiene un programa de noticias y la revista Foreign Policy lo incluyó en su lista de los intelectuales latinoamericanos más influyentes. La gente quiere ser como Oppenheimer: estar en una lista y crear o morir, como su libro. La gente abarrotó el salón 5 para oírlo decir: “México necesita menos gente que quiera ser como el Chicharito y más que quiera ser un Steve Jobs”. La gente abarrotó la conferencia de Oppenheimer para mover la cabeza en señal de aprobación y convertirse en el siguiente Steve Jobs (o en Bill Gates, aunque sea endemoniadamente feo y tenga menos personalidad que una caca de perro seca).

Doy la espalda al televisor para echar un vistazo a la oferta en los otros salones y Oppenheimer me grita a la nuca: “¿no quieres convertir tus ideas en proyectos altamente rentables, idiota?”.
Salón 5: Homenaje en el centenario de Efraín Huerta. Me gusta. No hay cupo lleno. Entro. El estrado lo conforman David Huerta (hijo del poeta), Emiliano Delgadillo, Luis Vicente de Aguinaga, Ángel Ortuño y Daniel Bencomo (todos escritores). En realidad no hay cupo lleno, ni cerca está de serlo. Tomo asiento en las sillas de en medio y minutos después comienza la charla. Luis Vicente Aguinaga toma la palabra y agradece, con su voz seseante, al público presente (poco público presente: Oppenheimer seguramente cagándose de risa). Después David Huerta se dice sorprendido por la cantidad de honores que han hecho a su padre en el centenario de su natalicio, y también expresa que “no hay mejor manera de recordarlo que recordando sus poemas”. Y lee El Tajín, que en alguna parte dice esto:

Ni un aura fugitiva habita este recinto
despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.
Nada en la seca estela, nada en lo alto.
Todo se ha detenido, ciegamente,
como un fiero puñal de sacrificio.
Parece un mar de sangre
petrificada
a la mitad de su ascensión.
Sangre de mil heridas, sangre turbia,
sangre y cenizas en el aire inmóvil.

“Es interesante que este poema pueda leerse a la luz del presente”, enuncia Huerta, que seguramente piensa en Ayotzinapa. Tras esto, Ortuño cuenta en qué circunstancias conoció la obra del escritor guanajuatense y lee otro poema más picante:

Los lunes, miércoles y viernes
soy un indigente sexual;
lo mismo que los martes,
los jueves y los sábados.
Los domingos descanso.

“… Con tu hermana”, agrega alguien del estrado; el público ríe. Los poemas cesan por un momento para dar paso al sentimentalismo que producen las personas difuntas, a la vanagloria que dota la muerte y la distancia: se habla del gran amigo que era Efraín Huerta, del gran ciudadano que era Efraín Huerta… hasta del gran compadre que fue Efraín Huerta (creo). Y otra vez, gracias a Bencomo, regresan los poemas; éste dice así:

Las dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno de tu vientre

Diez minutos después todo termina entre aplausos y sonrisas, entre olvidos y recuerdos. La gente sale del salón 2 con la cara encendida de poesía, con las manos sudorosas de pasión y, como yo, con ganas de escribirle a la vida, al deseo, al ser amado y a la justicia invisible de mi país. Ay, Oppenheimer, pienso al dirigirme a casa, si tan sólo hubieses pedido que este México diera también más efraineshuertas (no importa, a la par que stevesjobs), entonces no hubiera sido tan duro contigo, tus concejos de primer mundo y tu puto salón abarrotado.

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