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Entre el banquete y la hambruna

En Magazine/Sonidos

Por: Javier Carrillo (@GoofyPinche).

Palabras más palabras menos, en 2013 salió de la amplia sonrisa del inquieto Dave Grohl la declaración que el siguiente álbum de Foo Fighters (FF) sería grabado “de una manera nunca antes realizada”. Un año después, tenemos el resultado: Sonic highways (RCA, 2014), y si bien la manera en que se concibió es bastante original, después de varias escuchadas puede llegarse a la conclusión de que, en este “experimento”, resultó más interesante el concepto en sí que la canciones contenidas.

SonicH

De varias maneras este álbum revolotea alrededor del ocho, precisamente por tener ese número en el catálogo FF, y eso asoma desde la portada con éste enclavado entre el mosaico visual que muestra lo más emblemático de cada una de las ciudades gringas que inspiraron un tema en cada una de ellas (Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Austin, Seattle, Nashville, Washington DC y Nueva Orleans), y en donde, después de platicar con músicos originarios de cada metrópoli para capturar la esencia y sonido de sus laberintos de concreto, el resultado se grabó in situ. Seguramente derivado de la experiencia en su muy recomendable documental Sound City, a Grohl se le ocurrió una idea similar para este disco, en donde cada canción tiene su capítulo del documental seriado y epónimo para HBO. Aún no veo algún episodio y por ello, sin la mentada referencia, en el resultado estrictamente musical este disco se balancea entre lo muy bueno y lo regular.

Básicamente y aunque suene a perogrullada, en su octava placa en 20 años son los Foo Fighters siendo los Foo Fighters. Con un sonido más que reconocible resultado de dos decenios de chamba, echan mano de la fórmula en estructuras no tan alejadas de lo que vienen haciendo principalmente desde In your honor (2005), aunque varíe un poco la estructura lírica derivada del método en que fue compuesto. Y justamente como en los demás nombres de su discografía, esta novedad tiene momentos bastante logrados y otros pintados de gris, a pesar de contar con invitadazos en cada track ―y en ocasiones infrautilizados―, como Rick Nielsen (Cheap Trick), Ben Gibbard (Death Cab for Cutie) y Joe Walsh.

FFsh

En general FF está en su elemento, ganchos rockeros bien acomodados y baladas con el corazón al frente, teclados en diversas variantes, coqueteos con el metal e interludios casi sicodélicos, además de unas raíces jazz, country, americana y arreglos en orquestaciones, pero que apenas se advierten, que no explotan ni le pintan un color diferente a la banda. Tomemos por ejemplo la abridora, “Something from nothing”, grabada en Chicago en el estudio de Steve Albini, en donde arranca de manera nostálgica para, en un patentado in crescendo, pisar el acelerador y subir el entusiasmo hasta terminar con altas notas de poder y frenesí, pero que es superada por la siguiente en el orden, “The feast and the famine”, la más Foo de los Foo, y con todo el estilo clásico impregnado desde la primera hasta la última nota. Y así corren los 42 minutos que dura este L.P, con los altibajos propios en su reconocida aura de banda de garaje noventera.

Aunque por un lado lo familiar nunca podrá ser malo y me sospecho que a los incondicionales les cautivó de cabo a rabo, así como a Sonic highways le sobran velocidad y enjundia en algunos cortes, también les sobran un poquito de condescendencia y un par de temas en donde se nota que la inspiración de la ciudad protagonista no les alcanzó para tocar fibras más hondas. Quizá en otra banda con menos kilometraje este álbum sería una respetable entrega, pero para el rumor y expectativa que se crearon alrededor los colmilludos músicos —que incluso ya se treparon al escenario con Jimmy Page y John Paul Jones en un Wembley lleno hasta el techo—, este disco no pasará de ser uno más cargado de anécdotas que de trascendencia sónica.

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