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Justicia ciega; de Bruno Díaz a los vengadores anónimos

En Contexto/Magazine/Opinión

La presencia cada vez más frecuente de ‘vengadores anónimos’ habla de la falta de credibilidad de una sociedad hacia su sistema de impartición de justicia.

Cuando un ciudadano, comunidad o sociedad decide tomar la justicia por propia mano, es entonces que la misión del Estado-Nación en el tema de la seguridad simplemente ha fracasado o atraviesa por una seria crisis.

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En la imagen icónica y en el espíritu de la creación de un sistema judicial y penal que pretende ofrecer justicia, hemos sido observantes de que la justicia representada por la figura femenina helénica que está vendada de los ojos y que sostiene una balanza sin inclinarla hacia alguno de los lados, simbolizando que la imparcialidad es la manera de impartir justicia.

Hoy día, México ha sido testigo que en algunas poblaciones la ciudadanía ha comenzado a encarar a la delincuencia sin miedo, y con eficacia lejos del amparo de sus policías municipales, estatales e incluso hasta de las fuerzas federales, la justicia ciega lejos de ser imparcial, se caracteriza por que es precisamente la ceguera la que en el sistema judicial nacional, ofrece más ventajas al victimario o delincuente que ingresa a un domicilio o violenta a alguna familia o persona, que a la víctima en si.

Es decir, la justicia mexicana castiga a quien en una situación de defensa, de evitar ser dañado en su integridad y hasta en riesgo de perder la vida, llega al extremo de asesinar al agresor, otorgando al maleante o delincuentes la condición de víctimas castigando con penas severas a quien simplemente defendió a sus familias, a si mismo y hasta a sus bienes materiales.

Es entonces cuando antes de hablar de los casos recientes de ‘Vengadores Anónimos’ -concepto en alusión a la película del mismo nombre de la década de los años setenta protagonizada por Charles Bronson- como el de la carretera México-Toluca con el llamado ‘justiciero de la Marquesa’ -sujeto que asesinó a cuatro delincuentes quienes minutos antes habían despojado de sus pertenencias a los pasajeros de un autobús haciendo justicia por propia mano- y que hoy es buscado por las autoridades mexicanas y del Estado de México quienes han establecido que por sus crímenes en pos de frustrar un asalto acabaría con cadena perpetua de 240 años.

En los recientes días en el sitio de Anonymus se reveló una entrevista con dicho justiciero, quien afirmó que vive días complicados y de angustia, pues asegura que siente que la pista de la policía está cada vez más cerca de sus pasos y que teme por su integridad y la de su familia, refiriendo que lamenta el haber asesinado a los cuatro asaltantes, pero que su accionar obedeció al deseo de justicia ante el temor que este cuarteto de maleantes propagó por el autobús, a personas que cada día abordan un medio de transporte para trabajar buscando regresar a casa con el pan para sus familias.

O quizá presenciaste en redes sociales el homicidio de un sujeto en Aguascalientes, quien días después de abandonar un centro de reclusión mexicano, entró a robar a la casa de tres mujeres quienes actuando en defensa de su integridad, la de una pequeña que se encontraba en el hogar, y la de sus pertenencias privaron de la vida al ladrón a quien sus familiares identificaron como un ratero, que no hacía daño a nadie más allá de sus fechorías, y que exigen las autoridades de este estado en el Occidente de México, castiguen a las mujeres y les apliquen todo el peso de la ley, enviándolas precisamente a una cárcel, sitio del que su pariente salió sin estar listo para la reinserción social.

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“Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”, Montesquieu (1689-1755). Filósofo francés.

Es entonces cuando reflexionamos acerca del sistema de impartición de justicia en el país, en el que el delincuente recibe trato de víctima, en el que pareciera es más conveniente no resistirse a un asalto, a una violación y hasta a un posible asesinato, pues de lo contrario podría recibir todo el peso de la ley, en la que si bien no deben tolerarse asesinatos o hechos violentos en defensa propia, tampoco se debe otorgar más protección a delincuentes que a ciudadanos.

En una suerte de analogía, recuerdo el caso ficticio de Bruno Díaz un niño que tras presenciar el asalto y asesinato de sus padres, decide invertir su fortuna heredada en convertirse en un justiciero, que no recurrió a la policía para denunciar el hecho y esperar justicia, sino para encontrar al victimario de sus progenitores y cobrar venganza, para luego luchar contra el crimen, hasta que se legitimó su accionar y se convirtió en un aliado de los cuerpos policiales de un sitio ficticio llamado Ciudad Gótica.

La presencia cada vez más frecuente de vengadores anónimos, ciudadanos que linchan delincuentes y justicieros, habla de la falta de credibilidad de una sociedad hacia su sistema de impartición de justicia, en el que la ceguera parece imperar, pues quien vea poco más adelante de dos dedos de frente puede inferir que la legislación requiere ajustes mayores, a fin de poder ser justos y de brindar confianza a los gobernados, y así evitar el derramamiento de sangre de víctimas y victimarios.

Más aún si no se persigue con la misma intención de justicia a un justiciero o vengador anónimo ciudadano, que al gobernador con licencia del estado de Veracruz, Javier Duarte, quien ya es prófugo de la justicia luego de que la Procuraduría General de la República (PGR) obtuvo una orden de aprehensión en su contra por ser presunto responsable de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

Texto: Pablo Vázquez Rivera.

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