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Pulsiones de distorsión cósmica

En Magazine/Sonidos

Por: Javier Carrillo (@GoofyPinche).

Un impresionante equipaje confiere a Brant Bjork el título indiscutible de jefazo del stoner. El músico de largos rizos tan negros como la mentira más cruel, comenzó su odisea desde la era Katzenjammer en la ruta final de los ochenta, pero en el camino de entonces a la fecha se ha labrado convertirse en un referente no solamente imposible de ignorar, sino digno de celebrar: de una forma u otra, su nombre se ha ligado con prominentes bandas del género, desde Kyuss hasta Vista Chino, pasando por Fu Manchu, Ché, Unida, Fatso Jetson y Mondo Generator, además de contar con una labor en solitario que va desde lo esperado por su reputación, hasta maneras llamémoslas poco ortodoxas de escribir música para alguien cuya sola mención del nombre evoca a la distorsión arenosa del desierto.

Brant Bjork.
Brant Bjork.

Nacido en Palm Springs, California, en 1973, además de su relación con la bandas mencionadas, también ha registrado su inspiración sonora manejando él solo todos los instrumentos, o bien rodeándose de sus carnalitos en Brant Bjork and the Bros, así como de The Low Desert Punk Band. Y estos últimos vienen al caso precisamente porque, al rodear su guitarra y voz con el bajo de Dave Dinsmore (Unida y Ché), la guitarra de Bobby Dupree (Void) y la batería a Tony Tornay (Fatso Jetson), liberó otra vez desde lo más hondo de su corazón esa música tan suya, y que tiene unas raíces de cactus. Black Power Flower (Napalm Records, 2014), su novedad, es stoner puro y seguro.

Directo al asunto, sin rodeos, el álbum apunta al erizado corazón del género y desde el primer corte, tras 40 segundos del doom más sabrosamente blacksabbathesco, se expande y da forma a una obra basada en la honestidad bajo los rasposos cánones del stoner. Prácticamente, la primera mitad es la esencia sin diluir del Bjork más primigenio, escarbada desde la cepa que le ha dado reconocimiento y que lo mantiene en todo lo alto. “Controllers destroyed”, “We don’t serve their kind”, “Stokely up now” y “Buddha time (everything fine)”, son el mejor corte del listón en el disco para desplazarse al galope hacia lo que le sigue, oleadas de fuzz, distorsión y groove, sobrevolando parajes cósmicos impulsado por la firme dupla bajo y batería, agregando cada vez más ondas expansivas que explotan para gestar paisajes oníricos.

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En la segunda mitad, el groove del funk se encuentra con un stoner rock filoso y blusero, hechizante. Guitarras dobles, un poco de boogie, gusto setentero recurrente y solos largos e hipnóticos, se deslizan sin problema para adaptarse a la odisea. Queda claro que debido a su unión con otras bandas se alcanzan a detectar algunas formas y maneras pegadas a sus composiciones, pero sin empañar el nombre del periplo en que se acompaña de su Low Desert Punk Band.

No es un Frankenstein armado con partes de las agrupaciones con las que se ha relacionado, pero tampoco esconde la influencia —ni siquiera la del Black Sabbath más “drogo”. Con todo lo que ha aportado al género, ya sea desde la batería en Kyuss, Fu Manchu o Vista Chino, así como frontman en sus viajes en solitario, en Black Power Flower, Brant Bjork creó toda una oda pacheca a ese estilo musical que tanto le mueve, y que Incluso en los tracks más duros se siente relajado en este largo jam cargado de volutas de mota y sicodelia orgánica, ideal para escucharse en noches reventadas de estrellas con horizontes de dunas y aullidos de coyotes.

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