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De Neruda y cómo hacer biopics

En Cineurótica/Magazine

En Neruda, su director Pablo Larraín muestra las dos caras de la moneda, la del poeta y la de su perseguidor.

Pablo Larraín es un nombre que desde hace unos años ha ido tomando relevancia dentro del cine internacional. Su debut, Fuga (2006), ya lo colocaba como una gran promesa del cine chileno y con Post Mortem (2010) logró tener un reconocimiento que iría en aumento los años próximos con películas como No (2012), El Club (2015) y sus más recientes, Neruda (2016) y Jackie (2016), ambas estrenadas este año en cines y la última con varias nominaciones al Oscar (mejor actuación femenina, vestuario y música original).

La que hoy compete es Neruda, donde se nos narra la historia de la persecución del poeta y senador Pablo Neruda por parte del presidente Gabriel González Videla.

Neruda
El director de “Neruda”, Pablo Larraín se adentra en temáticas político-sociales de su natal Chile.

Larraín no es ajeno a las historias social y políticamente cargadas (En No, contaba el plebiscito de Chile en tiempos de Pinochett; en Post Mortem, el golpe de estado; en El Club, el encubrimiento de escándalos sexuales por parte de la iglesia; entre otros), sin embargo, lo que resulta interesante es el ver su acercamiento a las historias.

Volviendo a Neruda, lo que el autor nos presenta es el punto de vista no sólo de Pablo Neruda, sino de su perseguidor, Oscar Peluchonneau (interpretado por Gael García), quien narra la película con versos y de manera bastante romántica. Los diálogos tienen un sentido del humor bastante ácido y las ciertas escenas pareciesen no tener continuidad. Sin embargo, todo esto se puede atribuir al estilo de narrar de Larraín, donde se aleja de esquemas tradicionales imprimir a cada una de sus obras de una identidad distinta. En este caso, la intención era contar esta historia a manera de novela.

El personaje de Gael García busca desesperadamente no ser el personaje secundario en la novela, mientras que Neruda sabe que él es el único protagonista. Son justo estos puntos los que hacen la tarea tan “fàcil” de no emitir un punto de vista al respecto y nos dejan con la película como debe ser: objetiva y sin satanizar o santificar al protagonista.

Los personajes son carismáticos, las actuaciones bastante convincentes y técnicamente, una obra muy peculiar (el filme tiene un tono lila que aún me debato si me gusta o no), una cámara que (como en toda película de Larraín) simula el movimiento de un espectro que no deja de moverse y una música hipnotizante, todo esto para acentuar el sentido novelesco y poético.

Definitivamente no es para todo público, antes de verla hay que hacerse a la idea de una narrativa distinta pero bastante interesante.

Texto: Abraham Mercado.

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