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De lo anticuado y por qué nos atrae tanto el arte viejito

¿Por qué en 2025 seguimos fascinados con los vinilos, el cine en 35mm y los videojuegos retro? Exploramos cómo la nostalgia actúa como un refugio psicológico ante la ansiedad moderna y por qué la cultura pop insiste en reciclar formatos del pasado.

¿Por qué en 2025 seguimos fascinados con los vinilos, el cine en 35mm y los videojuegos retro? Exploramos cómo la nostalgia actúa como un refugio psicológico ante la ansiedad moderna y por qué la cultura pop insiste en reciclar formatos del pasado.

Anacronismo es el concepto que describe un objeto o idea perteneciente a otro tiempo. Es por ello que, para que algo pueda calificarse de anacrónico, es preciso que pertenezca a una época determinada y, a su vez, exista en otra. Ejemplos hay por doquier: los marcos dorados en las ventanas de oficina, los celulares con botones de goma, los escupideros en cantinas de antaño, los vinilos de acetato, las películas en 35 mm, entre muchos más.

Los objetos y pensamientos anacrónicos son tan comunes que tan sólo hace falta voltear a nuestro alrededor para encontrarlos. El teléfono con dial de la abuela, el Nintendo 64 de tu compa que no ha actualizado consola desde los 90, la HP viejísima que tu mamá sigue utilizando para llevar la contabilidad del negocio, a simple vista, son anticuados. ¿Esto quiere decir que no deberían existir en 2025? ¿Deberíamos actualizar nuestros gadgets cada año para evitar el anacronismo? ¿Es la palabra gadget un anacronismo en sí misma? Los corporativos tecnológicos responderán que sí, que lo ideal es mantenernos a la vanguardia; en simultáneo, escondidas en callejuelas como López Cotilla en Guadalajara o Querétaro en Ciudad de México, las tiendas vintage saldrán a marchar con consignas en contra de la fast fashion, argumentando que la calidad de antes era mejor.

Entonces, ¿quién tiene razón? Por un lado, Apple facilita la compra anual del iPhone con suscripciones como iPhone for Life; por otro, es verdad que los Levi’s de la paca duran más que los Bershka de Plaza Galerías. ¿A quién escuchar? A ninguno, porque ambos quieren vendernos.

Y eso no tiene nada de malo, ese es su rol en la sociedad. Mantenernos al día en el argot tecnológico nos facilita la vida; vestirnos con chaquetas de cuero y pantalones de marca por menos de 1000 pesos suena bastante bien. Ninguno tiene la razón y ninguno está equivocado. El problema en este dilema aparentemente irresoluble es que la pregunta está mal planteada; la pregunta debería ser: ¿por qué los vinilos y el Nintendo 64 y las películas en 35 mm nos siguen gustando, si pertenecen al reino del pasado? Y mejor aún: ¿por qué las industrias musicales, cinematográfica y de videojuegos están volviendo a estos formatos antediluvianos? Tratemos de responderlo.

Para psicología, la nostalgia es esencialmente un mecanismo de defensa que distorsiona los recuerdos agradables o desagradables. ¿Por qué querríamos eso? Porque esas dosis de dopamina nos ayudan a combatir la ansiedad del día a día. Y no es para menos: en un mundo donde cada decisión que tomamos nos lleva a una u otra alternativa futura, resulta mucho más sencillo, mucho más placentero refugiarse en el pasado, así como robarnos ropa setentera de nuestros padres y repetir patrones estéticos de décadas anteriores resulta, para algunos y algunas, más atractivo que seguir las tendencias actuales y gastar una millonada en ropa de marca recién salida al mercado.

Pero yo no soy psicólogo y, en mi ignorancia, decido creer que debe haber algo más. Debe haber una razón más interesante para que hoy en día sigamos viendo Halloween, Scarface, Star Wars, El Padrino y tantos otros filmes producidos en los 70 y 80; así como debe haber un motivo por el que Team Cherry y The Game Kitchen hayan alcanzado el éxito con juegos que aparentan haber salido para el GameCube. Y no me hagan comenzar con los relanzamientos, remasterizaciones y ediciones especiales de The Dark Side of the Moon, Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band o London Calling que podemos encontrar en Amazon (sí, en la app más importante de compras en línea puedes comprar acetatos nuevos que probablemente están guardados en los rincones más profundos de la casa de los abuelos). A quienes que se visten con acampanados, a quienes se ponen camisas de colores y chaquetas Adidas del 85, a quienes coleccionan LPs y conservan su NES en 8 bits todavía funcional: somos seres nostálgicos. ¿Por qué?

Quizá porque la estética que nos tocó ver no nos gusta y la tecnología que nos tocó utilizar no nos satisface. ¿Quién no disfrutó los close-ups de Pulp Fiction, cuando Mia Wallace pone música en su casa mientras Vincent va al baño? ¿Y quién no deseó aprender a manipular la celulosa y los proyectores de los años 40 como Shosanna Dreyfus en Inglourious Basterds? Contra rituales tan apasionantes como esos, poner una rola en Spotify o darle play a una peli en Mubi parecieran juegos de niños, simples comandos semiautomáticos de la vida diaria en los que ni pensamos ni entendemos.

Pero si al llegar a este párrafo crees que los millennials, como yo, somos la generación cursi que desea vestirse como Marty McFly y prefiere las tomas granuladas de Rosemary’s Baby y los videojuegos plataformeros a 8 bits, déjame decirte que sí, estás en lo cierto; pero no somos los únicos y definitivamente esta no es la primera generación que añora los dispositivos y estética de las anteriores. Ahí están Robert Zemeckis y Randal Kleiser con sus respectivas recreaciones de los 50 (Back to the Future, 1985; Grease, 1978). Si algo logramos vislumbrar en ambas películas es que sus directores, productores, encargados de arte, compositores y demás miembros del crew sentían una pasión inusitada por una época 20 ó 30 años anterior a aquella en la que rodaron ambos largometrajes.

Afortunadamente vivimos en un momento ideal para obsesionarnos con la música y el cine viejitos; pero también en un imaginario colectivo donde músicos y realizadores siguen inspirándose en lo que escuchaban y veían sus padres para crear cosas nuevas. Para lo primero, basta echarse una vuelta a La Perla Records, Cosmik Records o Altar Records en Guadalajara para comprar vinilos geniales de todo tipo; o darse un clavado en su plataforma de streaming preferida para escuchar grandes álbumes como Rumors, de Fleetwood Mac; I, Robot, de The Alan Parsons Project; Band on the Run, de Paul McCartney; o The Eternal Idol, de Black Sabbath. Para lo segundo, vale mucho la pena ver el cine de nostálgicos jóvenes, como Robert Eggers y Paweł Pawłowski; o darle una buena escuchada a The Mystery Lights, banda californiana que suena muy acid, muy Hendrix, muy Deep Purple, muy cool.

No, en todo mi artículo no respondí a mi pregunta: ¿por qué nos siguen atrayendo estos sonidos e imágenes en 2025? Y está bien. Tal como en la literatura y el cine, el propósito del contenido no es responder preguntas sino, con mucha suerte, provocarlas. O tal vez sólo tenía ganas de vomitar en palabras mi adicción a lo oldie y recomendar álbumes y pelis. Nunca lo sabremos.

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