Magazine de cultura emergente / Guadalajara, Jalisco

Cuando alguien logra fotografiar lo que no se puede ver

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«Cold War es una película magistral, una obra de arte en esta época en que la crítica llama obra de arte a cualquier cosa, una cinta para tirar a la cara a todos aquellos que esgrimen frases como: “ya no se hacen películas como las de antes”».

Pawel Pawlikowski consigue en menos de hora y media emocionar al espectador con una historia de amor apasionada a caballo entre Polonia, Alemania, Francia y Checoslovaquia. Un drama desolado y desolador enmarcado en la guerra fría, con dos protagonistas de diferente origen y temperamento, donde el destino se alza como fuerza incontestable que los condena a estar juntos en una maravilla audiovisual, rodada en 35 milímetros, en la que el tópico ni contigo ni sin ti atraviesa a quien la visiona como un cuchillo de terciopelo abriéndose paso a través del alma.

Cold War
Cold War, Polonia, 2018.

Polonia es un país superdotado en lo que a cineastas se refiere. Nos ha dado figuras tan relevantes como Jerzy Skolimowski, Andrzej Zulawski, Walerian Borowczyk, Roman Polanski, Krzysztof Kieslowski, Andrzej Wajda o Agnieszka Holland. A esta lista se une ahora la figura de este realizador destinado a estar entre los más grandes de la cinematografía mundial por proyección y talento.

Pawlikowski se licenció en literatura y filosofía y se formó como documentalista en Inglaterra. Nos sorprendió en 2013 con Ida. No era su primera película, ni su primera ficción, pero sí el arranque de un estilo personal, una declaración de amor por el blanco y negro y por el formato de 35 milímetros que le supuso premios y reconocimiento internacional, sobre todo gracias al Oscar otorgado a la mejor película en lengua extranjera. Ya en esta cinta aparecen elementos clave que volvemos a reconocer en Cold War (Zimna wojna, 2018). Ese saber hacer, propio de un antropólogo emocional que usa el cine y sus elementos narrativos como herramientas arqueológicas intangibles para diseccionar las relaciones humanas, haciendo que los entornos históricos y socioculturales donde se desarrollan las tramas sean un personaje más, influyendo en el desarrollo de lo que la cámara captura y la historia nos cuenta.

Como ya ocurriera en Ida, en Cold War se trata el tema de la libertad y, sobre todo, el hecho de que una serie de condicionamientos imposibiliten a los personajes ejercerla de forma plena y satisfactoria. Los protagonistas son dos supervivientes en una época dura y salvaje. Él, interpretado por Tomasz Kot, es un músico reclutado por el Gobierno con la misión de adaptar el folclore ancestral polaco para ponerlo al servicio del triunfo del proletariado, la reforma agraria y la exaltación del líder supremo Joseph Stalin. Ella, una sobresaliente Joanna Kulig, es una cantante y bailarina, una fuerza voluptuosa de la naturaleza que huye de una dramática realidad familiar ingresando en una escuela de artes escénicas socialista.

La química entre los dos protagonistas es parte del éxito de la cinta, porque aunque se desarrolla sobre un cliché, el mito del amor imposible pero ineludible, esa química nos cuenta cosas que ya hemos visto, que ya hemos leído pero con un genio y oficio que desarrollan a lo largo del ajustado metraje en una de las historias de amor más tristes que recuerdo, rodada con una economía de medios y un estilo ante los que uno no puede hacer otra cosa que quitarse el sombrero y aplaudir al concluir la película.

Parte del aura que impregna la película se la debe Pawlikowski a su director de fotografía, Lukasz Zal, que ya participó como asistente del veterano cinefotógrafo Ryszard Lenczewski en Ida. La versión oficial cuenta que este último abandonó el rodaje de Ida por problemas de salud dejando a su adjunto a los mandos de la nave, las malas lenguas dicen que Pawlikowski sacó del proyecto a Lenczewski por falta de compromiso y que su joven asistente se ganó galones y laureles al terminar la cinta y aportar la visión que el director polaco realmente demandaba. Yo estoy convencido de que ocurrió así, piensa mal y acertarás, porque la fotografía de Ida fue muy aplaudida en su paso por festivales, y es extraño que el director polaco haya puesto al mando de la cámara a Lukasz Zal habiendo sido Lenczewski el fotógrafo de sus cuatro películas anteriores.

En el titular de esta crítica hacía referencia a la capacidad de fotografiar lo que no se puede ver. Esto, en sí, es una contradicción, casi un oxímoron, una metáfora poética como la propia fotografía del film, porque es cierto que Lukasz Zal lo consigue. Es capaz de filmar lo invisible, el amor, la música, porque son una emoción, el primero, y un estímulo sonoro, el segundo, invisibles, vuelvo a repetir, pero que son capturados en cuadro en la composición de los planos, en los ángulos de cámara que captan los espacios vacíos en contraposición a los juegos de luz y la geometría con la que el fotógrafo construye un discurso hermoso y totalmente justificado para contar la historia, porque sin amor ni música no tiene sentido la película.

Basta con quitar el sonido de la cinta para, con sólo ver lo que hay en pantalla, saber qué música está sonando sin necesidad de escucharla, en los impresionantes montajes de folclore disfrazado de glorificación de lo soviético, todo un alarde de producción, en las escenas parisinas de local de jazz y rock and roll entre volutas de humo a contraluz, donde las sombras y lo que no está iluminado nos están contando una historia que ya conocemos porque es universal, un cliché, pero un cliché maravillosamente rodado y narrado. El amor, más que en las facciones, las miradas, en los gestos o en las situaciones, está en las distancias, en los espacios entre los protagonistas o en los planos cerrados maravillosamente hilvanados en un montaje que a veces se nos antoja casi líquido, mucho más fluido que el de Ida, que era más estático, totalmente condicionado y atado a la concepción geométrica de la composición de los planos estáticos. El amor está en las locaciones, en el espacio entre los cielos infinitos del final de la película y los amantes, está en un banco vacío, ustedes me entenderán cuando la vean.

 

Cold War es una película magistral, una obra de arte en esta época en que la crítica llama obra de arte a cualquier cosa, una cinta para tirar a la cara a todos aquellos que esgrimen frases como: «ya no se hacen películas como las de antes». Los planteamientos clásicos funcionan porque sirven al autor para transmitir emociones que son universales. En esas emociones se retrata un mundo en el que no nos falta ni sobra nada, y que hace que sientas como propio lo que les sucede a unos personajes ficticios. Por eso desde Homero a Billy Wilder, pasando por Krishna-Dwaipayana, Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar, Lope de Vega, Dostoievski o García Márquez, hay un común denominador supra cultural que anida y florece de formas distintas en cada continente pero que bebe de emociones que nos son comunes por el mero hecho de ser humanos, como el amor, como las que genera la música y lo que conlleva y significa, seas polaco en la posguerra o millenial en la era Trump.

Cold War es una delicia cinematográfica de las que consiguen que te quedes pegado a la butaca con un nudo en la garganta hasta que pasa el último título de crédito, una historia que te acompaña de vuelta a casa, al salir del cine, y que sigues llevando atada al pensamiento días después. No se la pierdan.

Texto: Javier Titos García.

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