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Se soltó la bestia

Demonic Death Judge comenzó el año con ‘Seaweed’, un disco salvaje, rompemandíbulas y magnífico.

A primera instancia, con su descripción en Bandcamp denotan su bravura al proclamarse “stoner/sludge crudo y directo de riffs épicos”. Si bien son reconocidos desde su formación precisamente por ese estilo, con rascarle un poco al pasado queda en claro que en dos discos y un E.P sus líneas de guitarra demostraron tener gancho y un imán hipnótico, pero tampoco era para tanto. Hasta ahora. No tenía ni 20 días este año, cuando 2017 escuchó llegar a los finlandeses con un disco salvaje, rompemandíbulas y magnífico. Y sí, ahora a sus riffs les sobra para ser épicos.

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La cólera ancestral de Primitive Man

Pocas bandas son capaces de embutir en su música tal cantidad de coraje y además escupirlo de esta manera. Esa ira brutal que resonó en el monumental Scorn, la anterior placa de Primitive Man (PM), se vino a replicar en cada partícula de su nuevo EP, desde su portada, hasta el último segundo del alud de distorsión y odio contenido en cada uno de sus cuatro tracks.

Foto: Facebook oficial Primitive Man.

Home is where the hatred is (Relapse, 2015), fiel a su nombre —que en el idioma de Cervantes sería algo como “el hogar es donde está el odio”—, recibe con una carátula llena de armas de fuego y otros instrumentos del terror, además de banderas estadounidenses y rollizas mujeres sin un rostro visible, quizá en la alegoría de un país sin más identidad que la violencia. Sin embargo, es lo que rezuma de los tres duros corazones de PM lo que somete sin piedad. Pocas obras son tan sofocantes, abrumadoras e intensas como ésta, y aun así tan disfrutables.

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Relatos de agonía, locura y muerte

Por: Javier Carrillo (@GoofyPinche).

Banda de un solo hombre, Skeletons nació al comienzo de este decenio en la febril cabeza de Dominic Goulding, quien aparte de componer toda la música, se chuta las labores en las voces, guitarras, bajos y teclados, además de programar la batería. Y de su enredada mente surgió, como de las podridas cañerías de algún viejo sanatorio en Merseyside, Reino Unido, Tripping at the madhouse gates (Independiente, 2015), una amalgama de estilos que básicamente chorrea black metal y sludge, pero que en sus componentes también se aprecian partículas del stoner y doom más insano y cochino.


En su cuarto álbum, el hombre orquesta empacó 17 tracks que rozan la hora de duración (15 originales más los covers “Anthem (for this haunted city”), de Agents of Oblivion, y “River runs red”, de los neoyorquinos Life of Agony), y básicamente lo impregnó de un orden sónico primitivo, oscuro y en ocasiones hasta rudimentario. Es el doloroso baño en un océano de hierro fundido y distorsión, que en su chapuzón evoca imágenes de seres desquiciados, quirófanos abandonados, una hilera de freaks y retorcidos instrumentos de curación, en frenéticas sucesiones sepia con celuloide raspado incluido.