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La cólera ancestral de Primitive Man

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Pocas bandas son capaces de embutir en su música tal cantidad de coraje y además escupirlo de esta manera. Esa ira brutal que resonó en el monumental Scorn, la anterior placa de Primitive Man (PM), se vino a replicar en cada partícula de su nuevo EP, desde su portada, hasta el último segundo del alud de distorsión y odio contenido en cada uno de sus cuatro tracks.

Foto: Facebook oficial Primitive Man.
Foto: Facebook oficial Primitive Man.

Home is where the hatred is (Relapse, 2015), fiel a su nombre —que en el idioma de Cervantes sería algo como “el hogar es donde está el odio”—, recibe con una carátula llena de armas de fuego y otros instrumentos del terror, además de banderas estadounidenses y rollizas mujeres sin un rostro visible, quizá en la alegoría de un país sin más identidad que la violencia. Sin embargo, es lo que rezuma de los tres duros corazones de PM lo que somete sin piedad. Pocas obras son tan sofocantes, abrumadoras e intensas como ésta, y aun así tan disfrutables.

Para este trío de Cleveland, Ohio, el odio es gasolina pura y con ella echan a andar una masa de distorsión y fuzz enlazada a un feedback áspero e inquietante, de lento pero mortífero avance, que se arrastra en el doom mientras deja negras babas de sludge y manchas de drone. Ruidoso hasta el paroxismo, al menos en este caso particular esto resulta más un piropo que un insulto, porque eso es lo que buscan: atronar con volúmenes altísimos y afinaciones bajísimas, para cimbrar así cada gramo del alma. Cada instrumento suena colosalmente rabioso, y su poder de destrucción deviene de una furia que se adivina gutural y primitiva. Es atávica e impetuosa, y ladra su ira mientras masca su irritación contra todo y contra todos en cuatro episodios: “Loathe”, “Downhill”, “Bag man” y “A marriage with nothingness”.

PM
Portada de “Home is where the hatred is” de Primitive Man.

Y si bien el ADN de Primitive Man no es de lo más variado, sí resulta muy sombrío. Una tosca mezcla de pesadez y punch disonante, intensa y hasta de malas vibras. En PM no hay lugar para la esperanza, ésta es derribada por una cruda sensación de miseria y desesperación, como el dejar las uñas rasgando las paredes de un húmedo y oscuro calabozo. No hay salvación, nunca se ve la luz al final del túnel, ni se alcanza a ver el Sol en lo alto de esa torre en donde PM encierra bajo muros edificados con el sólido material del odio, unido por la argamasa de la desolación.

Javier Carrillo (@GoofyPinche)

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