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Los hechiceros de Dorset

En Magazine/Sonidos

Time to die de Electric Wizard es una lección de magia negra sonora; capas y capas de un fuzz engrosado hasta el extremo con sobredosis de reverb y wah.

La pesadez adquiere nuevas dimensiones cuando se le da play a un disco de Electric Wizard. A cualquiera. Porque contrario al interés romántico de Juan Gabriel en cierta canción, ser muy malos es su virtud, pero sólo en esencia, porque para ejecutar su arte entre espesas oleadas de distorsión, sí que son muy buenos. Justamente por eso, la banda inglesa que comenzó en 1993 y en la que sólo el guitarrista Jus Oborn se mantiene como miembro fundador, tiene mucho que celebrar con Time to die (Spinefarm, 2014): manteniendo incólumes los ideales, retomaron el altar del género de una manera que no acepta objeciones.

Electric Wizard

Desde hace poco más de 20 años como Electric Wizard no hacen otra cosa más que soltar al mundo álbumes de un ritmo lento y letal, con el que esta veterana agrupación muestra sus influencias sin ambages. Y es que si hemos de creerle a San Wikipedia, su nombre proviene del matrimonio de dos canciones de Black Sabbath (por si no son avezados, “Electric funeral” y “The wizard”), pero sea o no verdad, de dónde les viene esa espina dorsal negra y apelmazada resulta más que evidente al escuchar tres segundos de alguna de sus canciones.

Su debut epónimo los dio a conocer en 1995. Come my fanatics (1997) definió su sonido y atmósfera, y Dopethrone (2000) los consolidó con unos patentados guitarreos largos, reptantes y ominosos, para dar forma a un sonido que recuerda el arrastrar losas de tumbas antiguas. Son capas y capas de un fuzz engrosado hasta el extremo con sobredosis de reverb y wah, y afinaciones bajísimas que rozan el averno, en donde embona a la perfección la voz de Oborn, quien no canta, declama horrores, recita pócimas de un pagano oscurantismo, y escupe herejías desde atrás de una espectral muralla de guitarras creada por el propio Oborn y la gringa Liz Buckingham, que los identifica ahora como una decibelia de ultratumba. Son la maldad encarnada, pero no la violenta, sino la arcana, esa a la que era tan aficionado Lovecraft y su círculo de amigos, que Electric Wizard toma como médula y en la que se dedica a agregar elementos afines, como el ocultismo, la decadencia, la brujería, el espíritu y audios exorcizados de cintas B de terror, y referencias a la mota.

A ese metal forjado en el doom pero en el que de repente vibran aleaciones de stoner, sicodelia, black metal y sludge, le imprimieron algo de groove en ciertas partes de sus discos anteriores más recientes, Witchcult Today (2007) y Black Masses (2010), algo que no fue muy bien escuchado por sus fans más acérrimos. Cuatro años después llegan con su octava producción y aunque regularmente utilizan una variante de dos velocidades, lento y más lento, retomaron precisamente las fórmulas que se han erigido monolíticamente como lo mejor en su trayectoria instrumentalmente hablando, y están de vuelta a la carga con un arsenal más pesado —si es que puede aplicarse tal término—, más denso y oscuro, en el que brotan de pronto interludios macabros y un acelere rítmico en donde el groove es la definición menos alejada, mostrando una energía recargada y un poco más evolucionada. Producido por el propio Oborn, sencillamente Time to die es una lección de magia negra sonora.

Con el seguimiento a una temática apocalíptica, misantrópica y pesimista, un sintetizador análogo de repente se cuela entre temas de acordes largos y pocos cambios en los riffs, que si bien ya son parte de su sello, también resultan ser tan grandiosos e hipnóticos como para encontrar ahora a un Electric Wizard manejando como sólo ellos saben esa distorsión que chorrea suciedad desde los audífonos, y que retumba con las mejores artes de estos hechiceros malditos de Dorset.

Texto: Javier Carrillo (@GoofyPinche).

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