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Death Note: Confiábamos en ti, Netflix

En Cineurótica/Magazine

El remake producido por Netflix, “Death Note”, defraudó a muchos fanáticos de la serie japonesa por su débil guión y poco apego a la historia original.

Hace un par de años se venía gestando la idea de adaptar al live action uno de los animes más reconocidos a nivel mundial y que tiene ya un carácter de culto: Death Note.

Fotograma de Death Note.

Desde un principio, su proceso fue atropellado, parecía tanto una buena idea como una pésima, pero no fue hasta que Warner Bros decidió tomar las riendas del proyecto que tuvo una presencia cada vez más fuerte. Pasó por varios productores, directores (incluso Gus van Sant estuvo planeado para dirigirla) y propuestas de castings (Zac Efron llegó a ser considerado para el protagónico).

No fue hasta 2015, cuando se confirmó la dirección de Adam Wingard (responsable de V/H/S y la secuela de The Blair Witch de 2016), pero poco después, Warner decidió botar el proyecto, dejando a Wingard con Death Note flotando por un rato.

Casi un año después, un par de noticias dieron esperanza a todos los fans; la película fue aprobada para una clasificación C (o R en EE UU) y sería Netflix el encargado de hacerla realidad. Esto elevó la expectativa a niveles muy altos, pues la plataforma es conocida por dar total libertad creativa a los creadores y por hacer contenido de calidad para el público. Confiábamos en ti, Netflix. Desde anunciado el casting, norteamericano en su mayoría, y un par de teasers que fueron lanzados con el paso de los meses, se empezó a dividir la crítica. El pasado 25 de agosto llegó por fin el resultado.

Death Note
Paul Nakauchi en Death Note.

Aquí vamos a meternos en varios niveles. Primero analicemos la película como lo que es: una película. Y es que como tal, no funciona del todo. Comenzando por el guion, nos encontramos con que tenemos una historia que originalmente se cuenta en casi cuarenta episodios, condensada en hora y media; los sucesos se sienten demasiado rápidos, y por lo tanto inverosímiles. Hay puntos en la historia que son demasiado fuertes y que son minimizados en nada. En el anime, el arco de Kira siendo el nuevo “salvador del mundo”, en la película termina siendo resumido en un par de escenas; contrastando con la enorme importancia que se le dio de pronto al romance de los protagonistas.

El casting es bastante bueno, pero no sale a lucir. Actuaciones poco creíbles y personajes tan poco estudiados y construidos que parecen más parodias. Nat Wolff, Margaret Qualley y Lakeith Stenfield, talentos emergentes, sufren del guion débil y una mala dirección. El único que quizás se salva es Ryuk, el dios de la muerte, interpretado por Willem Dafoe y de quien sólo escuchamos su voz.

Cuando se anunció la clasificación R, creímos que sería por los temas oscuros y existenciales que se tratan en la historia original, sin embargo, la razón de esta clasificación es la adición de escenas de violencia extrema que, por su ejecución tan forzadas, pareciesen sacadas de Destino Final.

Sin embargo, esto sólo la hace una película dominguera, el verdadero problema está en otro lado. Netflix sufrió lo que Hollywood suele hacer con todos sus remakes: el famoso whitewashing. La película termina siendo un híbrido entre el anime y una historia nueva. No sucede en Japón, sino en Seattle; Light, por lo tanto, no es japonés, ni L; ¿esto quiere decir entonces que no son los personajes originales? ¿Entonces esto es un universo alterno a Death Note? Que en realidad no termina siendo un problema si no tienes el referente original.

El actor Lakeith Stanfield en Death Note.

Pero de lo que hablamos aquí es de algo que sobrepasa a la película y a los grandes estudios, que es la idea de occidentalizar todo lo que tengamos a nuestro paso (recordemos también lo que sucedió con Ghost in the Shell hace unos meses). Y que esta idea de “blanquear” todo lo extranjero va trayendo cada vez más problemas, pues son cada vez más detractores los de este método, pero no los suficientes para erradicarlo, cosa que deviene en una lucha constante por salvar proyectos y producciones que por no quedarse de un lado ni de otro, terminan en algo que no tiene ni pies ni cabeza. Por mejor hecha que esté la película, por mejor guion, dirección o actuaciones, el whitewashing es lo que la va a terminar tumbando, porque culturalmente hablando representa el minimizar a todo un lado del mundo.

Si querían blanquear Death Note y dejar a un lado todo el folklore japonés, habría sido más efectivo hacer una historia completamente diferente, con personajes completamente nuevos. Una suerte de universo expandido de Death Note, porque, si sucedió en Japón, también pudo haber sucedido en Estados Unidos (o en México, o en Rusia). ¿Cómo podemos esperar a romper nuestros prejuicios y barreras culturales si se nos sigue dando más de lo mismo? En fin.

La verdad es que los casos de esto son cada vez menos y esperemos algún día se terminen, pues con todo el presupuesto invertido no se están haciendo mejores películas. ¿Recomiendo ver Death Note? Sólo si eres fan y quieres sufrir. De otra manera, no.

Texto: Abraham Mercado.

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