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Demonic Death Judge

Se soltó la bestia

En Magazine/Sonidos

Demonic Death Judge comenzó el año con ‘Seaweed’, un disco salvaje, rompemandíbulas y magnífico.

A primera instancia, con su descripción en Bandcamp denotan su bravura al proclamarse “stoner/sludge crudo y directo de riffs épicos”. Si bien son reconocidos desde su formación precisamente por ese estilo, con rascarle un poco al pasado queda en claro que en dos discos y un E.P sus líneas de guitarra demostraron tener gancho y un imán hipnótico, pero tampoco era para tanto. Hasta ahora. No tenía ni 20 días este año, cuando 2017 escuchó llegar a los finlandeses con un disco salvaje, rompemandíbulas y magnífico. Y sí, ahora a sus riffs les sobra para ser épicos.

Demonic Death Judge
Demonic Death Judge. Foto: Ewelina Eliasz.

Demonic Death Judge nació en tierra nórdica en 2009 pero no tardaron en llamar la atención del orbe. Arriesgados dentro de lo que cabe, en su música incrustan exctamente lo contrario a los emblemáticos parques, bosques vírgenes y aguas cristalinas que dominan la llamada Región de los Mil Lagos y aun cuando sus grabaciones anteriores no son precisamente malas ―sino todo lo opuesto―, en ellas se experimentan bajones, los temas terminan desconectados y no perpetran un ataque redondo.

Sin embargo, por algo se les seguía de cerca, pues una de las cualidades magnéticas de este monstruo de cuatro cabezas que funde en su cuerpo las moléculas de Jaakko Heinonen (voz), Toni Raukola (guitarra), Eetu Lehtinen (bajo) y Lauri Pikka (batería), es justamente construir una atmósfera propia que arrastra hacia el trance. En contexto, Demonic Death Judge carga en su nombre una potencia de gritos desgarrados con guitarras de sludge cochambroso y áspero stoner, pero esta vez, a poco más de siete años de su debut, dieron el estirón para regresar más pesados, atinados y espesos.

Esta bestia se desató y a su vez dejó libre ‘Seaweed’ (Suicide Records, 2017), un álbum brutal en donde los minutos son triturados finamente con figuras que van desde bastante buenas hasta riffs verdaderamente chingones, que sirven como arietes para adentrarse en parajes más venturosos en donde incluso ahora hay arpegios con tonalidades más armónicas (pero no brillantes), construidos sobre firmes cimientos de sicodelia y un doom con el acelerador a medio gas.

De entre la neblina de su propio fuzz y feedback extraen sonidos desde un terreno sucio y lodoso, afinaron la puntería en la composición, se concentraron en poner lo justo en cada tema y le bajaron a la duración en algunas canciones. Ya no son todas kilométricas y al llegar a ese justo dominio de su propio estilo, generan una mezcla exacta de ambientes delirantes en la combinación magistral de una oscuridad peligrosa y ponzoña sónica.

Su placa ‘Seaweed’ se editó bajo el sello Suicide Records a principios de 2017.

Ahora con una cohesión mucho más notoria en cada miembro, más compactos, enganchan desde el principio y lo muestran en cortes bautizados como ‘Taxbear’, ‘Heavy Chase’ (una epopeya stoner a la perfección en la destrucción), ‘Seawood’, ‘Cavity’, ‘Backwoods’ (en donde existe todo lo contrario al verdor de su natal Finlandia), ‘Pure Cold’ (excelsa obra de principio a fin) y, casi al final, aguarda el portento que es ‘Saturnday’, contundente y ondulante, en donde el bajo, revestido de una distorsión que electriza, toma alternadamente un protagonismo cortante, casi ritual, para convertirse en la guía que lleva por los peligrosos fondos de los miedos más atávicos y que desemboca en la instrumental ‘Peninkulma’ (traducido rudamente al español como “milla”), que pone a pensar en heladas planicies mientras recuerda al Mastodon más sosegado y onírico.

Muy bien mezclado y masterizado por Sami Latva en The Coughing Room, ‘Seaweed’ se ensimisma en sus horrores pero a la vez nos jala a un oscuro universo volátil, ruidoso y sórdido, de un efecto fascinante, en donde su mayor acierto no está en el golpe que asesta la bestia en su crecimiento, sino en la sensación que provoca al subirle a las bocinas: una violenta sacudida en las entrañas.

Texto: Javier Carrillo.

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